The Tragedy of the Leaves

I awakened to dryness and the ferns were dead,
the potted plants yellow as corn;
my woman was gone
and the empty bottles like bled corpses
surrounded me with their uselessness;
the sun was still good, though,
and my landlady’s note cracked in fine and
undemanding yellowness; what was needed now
was a good comedian, ancient style, a jester
with jokes upon absurd pain; pain is absurd
because it exists, nothing more;
I shaved carefully with an old razor
the man who had once been young and
said to have genius; but
that’s the tragedy of the leaves,
the dead ferns, the dead plants;
and I walked into a dark hall
where the landlady stood
execrating and final,
sending me to hell,
waving her fat, sweaty arms
and screaming
screaming for rent
because the world had failed us
both

– Charles Bukowski

 

La tragedia de las hojas

Me desperté y todo era sequedad; los helechos muertos,
las plantas de las macetas, amarillas como mazorcas;
ella se había ido
y las botellas vacías eran cuerpos sin sangre
que me rodeaban en su sinsentido;
pero todavía daba el sol,
y la nota de la casera se quebraba en un perfecto
y complaciente amarillo; era el momento ideal
para un buen comediante, al estilo clásico, un bufón
que bromeara sobre lo absurdo del dolor; el dolor es absurdo
porque existe, ni más ni menos;
con una navaja gastada afeité despacio
a ese hombre que alguna vez había sido
una joven promesa; pero esa es
la tragedia de las hojas,
los helechos muertos, las plantas muertas;
salí a un pasillo oscuro,
donde esperaba la casera
para poner punto final,
para maldecirme,
para mandarme al infierno,
mientras agitaba sus brazos gordos y sudados,
y pedía a los gritos que le pagara el alquiler
porque el mundo nos había cagado
a los dos

[versión de Isadora Paolucci]

 

La tragedia de las hojas

Me desperté y vi todo reseco, los helechos muertos,
las otras plantas amarillentas como paja;
mi amante ya no estaba
y las botellas vacías eran cuerpos desangrados,
inútiles, a mi alrededor;
pero el buen sol seguía ahí
mientras la nota de la encargada se deshacía
en un amarillo impecable y manso; solo faltaba
algún gran comediante, de la vieja escuela,
que hiciera chistes sobre lo absurdo del dolor; el dolor
es absurdo porque existe, y punto;
con una vieja navaja afeité despacio
a ese hombre que alguna vez fuera joven y aclamado
por su talento; pero esa es
la tragedia de las hojas,
los helechos muertos, las plantas muertas;
me metí por un pasillo oscuro,
y allí estaba la encargada
inapelable y atroz,
agitando los brazos gordos y transpirados,
mandándome al diablo
gritándome pagame, pagame el alquiler,
los dos
en el desahucio del mundo.

[versión de Daniela Camozzi]

 

 

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